Robert Amadou irrumpió en el panorama espiritual europeo con la misión de elevar el esoterismo a la categoría de disciplina académica rigurosa. Su primera gran aportación fue redefinir el "ocultismo", alejándolo de connotaciones peyorativas, de la adivinación o de la simple "ciencia de las cosas ocultas". Amadou lo estableció como un sinónimo estricto de esoterismo, definiéndolo como el conjunto de doctrinas fundamentadas en la "teoría de las correspondencias", la cual postula que todo objeto en el universo posee con el resto de los elementos relaciones necesarias, intencionales, no temporales y no espaciales.
Bajo esta luz, dignificó las ciencias tradicionales. Demostró que la astrología no debía utilizarse para predecir la fortuna, sino como un camino para escuchar la "música de las esferas" y comprender la unidad cósmica; que la magia es una práctica que utiliza las correspondencias analógicas para incidir en el universo; y que la alquimia une indisolublemente la transformación de la materia física con la búsqueda de la perfección moral y espiritual.
La fase eclesiástica de Amadou estuvo marcada por su afán de legitimar y preservar las transmisiones iniciáticas, dotándolas de una autoridad incuestionable. El 28 de enero de 1945, a los 21 años, fue consagrado al episcopado gnóstico por Victor Blanchard (cuyo nombre eclesiástico era Tau Targelius), líder de la Eglise Gnostique Universelle, la cual operaba en la práctica como la iglesia oficial del Martinismo. Al recibir esta ordenación, Amadou adoptó el nombre místico de Tau Jacques.
Sin embargo, su genialidad teológica lo llevó a comprender que la Tradición necesitaba anclarse en la catolicidad histórica ininterrumpida. Para lograr esto, Amadou fue también ordenado sacerdote en la venerable Eglise Syrienne (Iglesia Siria). Al amalgamar su posición como obispo gnóstico en la jerarquía occidental con su sacerdocio en una iglesia ortodoxa oriental de genuina sucesión apostólica, Tau Jacques selló los sacramentos de la Tradición con una validez teúrgica y litúrgica irreprochable.
El papel de Amadou como auditor de la Tradición salvó a las sociedades esotéricas occidentales, especialmente al Martinismo, de extraviarse en fábulas románticas. A mediados de la década de 1950, el Dr. Philippe Encausse (hijo del célebre Papus) le confió la totalidad de los archivos históricos, cartas constitutivas y documentos de la Orden Martinista para que los sometiera a un riguroso escrutinio académico.
Amadou investigó incansablemente la validez histórica de estas transmisiones. El resultado de este esfuerzo hercúleo cristalizó en 1979 con la publicación de su obra Documents Martinistes. Este hito editorial disipó los mitos fundacionales infundados y obligó a la comunidad iniciática a fundamentar su legitimidad en pruebas documentales sólidas y en una auténtica transmisión de la influencia espiritual, purgando el movimiento de invenciones históricas.
La obra de Amadou culminó con el blindaje ético que proporcionó a la Ekklesia frente al caos parareligioso del siglo XX. En una época saturada por el fenómeno de los "obispos errantes" (episcopi vagantes) —clérigos que acumulaban consagraciones burocráticas carentes de valor apostólico o comunidad real de fieles—, Amadou se erigió como el máximo juez metodológico.
Analizó con precisión antropológica y teológica a numerosas figuras y jurisdicciones, documentando las actividades de clérigos de la Iglesia Gnóstica como el obispo Krumm-Heller. Al mismo tiempo, aplicó una implacable ética pericial, absteniéndose públicamente de emitir juicios o validar organizaciones que le eran ajenas teológicamente, como el Ordo Templi Orientis (O.T.O.). Su legado principal para la Ekklesia Gnostica Apostholica Rosae✠Crucis fue someter su historia a la más pura verdad objetiva, garantizando que hoy opere sobre bases filosóficas irrefutables, una respetabilidad historiográfica absoluta y un linaje apostólico auténtico.